Bogotá cuenta actualmente con cerca de 1.200 frentes de obra en infraestructura vial y espacio público, a los que se suman las intervenciones ya confirmadas por $1,8 billones en el corredor de la Carrera Séptima y la reapertura del proceso de licitación de la Línea 2 del Metro. Este volumen de obras da cuenta de la magnitud de las inversiones previstas y del alcance de las transformaciones proyectadas sobre la ciudad.
Ejecutar múltiples obras de gran escala de manera simultánea implica un desafío mayor en una ciudad que ya opera al límite de su capacidad. La superposición de intervenciones, las condiciones del suelo, la concentración de redes de servicios públicos y una planeación deficiente elevan de forma significativa el riesgo de retrasos y sobrecostos.
A nivel global, según estimaciones del Banco Mundial, 9 de cada 10 proyectos de infraestructura enfrentan demoras o exceden su presupuesto. Por su parte, un análisis de McKinsey indica que, en promedio, estos sobrecostos pueden alcanzar hasta un 80%, con retrasos cercanos a 20 meses, cifras que en un entorno urbano como Bogotá se traducen en mayores afectaciones sobre la calidad de vida de los ciudadanos.
“Ejecutar varias obras de gran escala en una ciudad que ya opera al límite exige una coordinación precisa y sostenida en el tiempo. Cuando esa coordinación falla, los retrasos y sobrecostos dejan de ser un problema técnico y se trasladan a la movilidad, a los tiempos de desplazamiento y a la vida diaria de las personas, que terminan reorganizando sus rutinas y conviviendo durante años con intervenciones que podrían haberse ejecutado de forma más eficiente” manifestó Patricio Zapata, Customer Success Manager LATAM de Graphisoft. Este nivel de presión urbana obliga a elevar los estándares de planeación y ejecución de los proyectos de infraestructura y, sobre todo, a sostenerlos durante toda la obra. Cuando la coordinación no acompaña la ejecución, las decisiones se fragmentan y la gestión del proyecto pierde continuidad.
Con una caída cercana al 38 % en la inversión en infraestructura, la ejecución de los proyectos cobra un peso determinante en Colombia. En la práctica, enfoques como BIM permiten trabajar sobre una base común de información y ordenar la toma de decisiones durante la obra, evitando ajustes aislados o reactivos. “En proyectos urbanos de esta escala, BIM no debería entenderse como una buena práctica opcional, sino como un estándar mínimo de trabajo, especialmente cuando los márgenes financieros son cada vez más estrechos. Cuando no existe una base común de información, las decisiones se fragmentan, la obra pierde coherencia y es ahí donde aparecen los retrasos prolongados y los sobrecostos que terminan afectando a toda la ciudad”. añadió Zapata.
El volumen y la simultaneidad de las obras que hoy se ejecutan en Bogotá ponen sobre la mesa una discusión concreta sobre cómo se conciben y gestionan las intervenciones urbanas.
Si bien estos proyectos buscan mejorar la calidad de vida en el largo plazo, ese objetivo depende de que su ejecución no deteriore de manera prolongada la movilidad y el funcionamiento urbano en el corto y mediano plazo. Lograr beneficios sostenibles exige estándares más altos de planeación, coordinación y gestión, abordados como un proyecto de ciudad y no como una suma de obras aisladas.













