Una empresa puede tener planta eléctrica, reservas de agua, proveedores alternativos y protocolos de emergencia y, aun así, detener su operación. El problema aparece cuando varios servicios fallan simultáneamente y los respaldos que deberían mantener el negocio funcionando dependen, a su vez, de alguno de los recursos que dejó de estar disponible. Este escenario adquiere especial relevancia frente a El Niño. Mientras buena parte de la atención está puesta en sus posibles efectos sobre el agua, la energía y los incendios de cobertura vegetal, para las empresas el desafío está en prepararse para afectaciones que pueden presentarse de manera simultánea y comprometer diferentes áreas de la operación. “El mayor riesgo no necesariamente está en perder un servicio crítico, sino en las dependencias que la organización desconoce hasta que ocurre la emergencia. Podemos tener energía de respaldo, por ejemplo, pero descubrir que no podemos acceder al sitio donde está el equipo, que las comunicaciones dejaron de funcionar o que el combustible disponible solo permite unas horas de autonomía. Es ahí donde una interrupción comienza a producir un efecto dominó”, explica Carolina López Pérez, gerente técnica para Latinoamérica de SACS Group.
Una pérdida de energía, por ejemplo, puede afectar sistemas de comunicaciones, seguridad, bombeo de agua, climatización, protección contra incendios, tecnologías de información y procesos productivos. Si además existen restricciones de movilidad o dificultades de abastecimiento, la capacidad de respuesta puede reducirse rápidamente.
Por esta razón, las empresas necesitan establecer cuánto tiempo pueden mantener sus procesos esenciales bajo condiciones limitadas. Un análisis de 4, 12, 24, 48 o 72 horas permite determinar qué actividades deben continuar, cuáles pueden detenerse temporalmente, qué recursos requieren mayor autonomía y en qué momento deben activarse alternativas.
“Una organización puede descubrir que tiene cinco sistemas de respaldo, pero que los cinco dependen de una misma condición. Esa es una vulnerabilidad que difícilmente aparece cuando los riesgos se revisan por separado. Por eso necesitamos probar combinaciones de fallas y determinar cuál es realmente el nivel mínimo de operación que podemos sostener”, señala López Pérez.
Los ejercicios de simulación permiten llevar ese análisis a la práctica. Un generador puede estar instalado y operativo, pero una prueba puede revelar que el combustible disponible no cubre una interrupción prolongada, que el equipo no soporta toda la carga requerida o que existen dificultades para activarlo oportunamente. El objetivo es comprobar la capacidad efectiva de respuesta antes de enfrentar una emergencia real.
La anticipación constituye otro componente de la preparación. Condiciones meteorológicas, disponibilidad de agua, estabilidad del suministro eléctrico, estado de vías, alertas de incendios y disponibilidad de proveedores pueden convertirse en indicadores para activar medidas preventivas, siempre que la organización haya definido previamente los niveles de alerta y las decisiones asociadas a cada uno.
Conocer las dependencias entre procesos, establecer prioridades de recuperación y validar la autonomía de los recursos permite fortalecer la capacidad de respuesta ante escenarios de interrupción múltiple.
La preparación frente a El Niño no dependerá únicamente de contar con alternativas para responder a la falta de agua, energía o conectividad. El desafío será evitar que la interrupción de un servicio comprometa otros procesos esenciales y termine convirtiendo una contingencia puntual en una paralización de la operación.

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